Raza aria. Segunda subraza, árabe, desde una perspectiva teosófica.

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5ª Raza Aria - 2ª Subraza: Árabe

Como se comentó en los comienzos de la 5ª Raza Aria y en su 1ª subraza hindú, al Manú se le encomendó la selección de familias para el desarrollo de las subrazas en cuatro valles que, separados unos de otros por colinas, se extendían junto las costas del Mar de Gobi. Durante algunos siglos creció y se amplió el pueblo allí establecido, que conformaría la futura segunda subraza árabe. En el año 40.000 a.C. el Manú consideró que ya eran lo bastante numerosos y estaban lo suficientemente preparados como para guiarlos hacia su destino: la península arábiga.
En aquella época, la península arábiga estaba todavía poblada por los descendientes de la migración inicial que el Manú había guiado desde la isla de Rutya. Constituían cierto número de tribus, a medio civilizar, que ocupaban toda la península, con unas cuantas colonias en la costa Somalí.

Segunda subraza aria, árabe. 1

De la migración desde el valle junto al mar de Gobi, no se movilizó a las personas mayores y a las familias numerosas y se confió el éxodo a los hombres útiles para la guerra, con sus esposas y un número relativamente exiguo de niños. Muchos eran jóvenes solteros. Los combatientes ascendían a 130.000 y las mujeres y niños a 100.000.

Dos años antes, el Manú había enviado mensajeros a la península para que advirtiesen a los árabes de su llegada; pero esta noticia no fue recibida muy favorablemente y por ello no estaban seguros de recibir buena acogida.

Después de cruzar la franja de desierto que separa Arabia del resto del continente, el Manú se encontró con una tropa de caballería que inmediatamente atacó la vanguardia de su ejército. El Manú rechazó fácilmente la acometida y se hicieron algunos prisioneros, a los que trató de convencer de su pacifico propósito. El idioma se había alterado tanto que les fue muy difícil entenderse.
El Manú logró reunirse y convencer al jefe de la tribu, porque éste vio provecho de la invasión para fortalecerse contra su tribu vecina. De esta forma,  permitió que los recién llegados se establecieran en un vasto y despoblado valle de los confines de su territorio.

Segunza subraza aria, la árabe. 2

Los arios se asentaron el valle y como procedían de una nación eminentemente civilizada y conocían avanzadas técnicas de cultivo -en comparación con las tribus allí existentes- no tardaron en lograr un valle bien fértil y productivo. Al cabo de tres años estaban definitivamente establecidos y con una próspera comunidad abastecida con recursos propios.

El caudillo árabe que los había acogido veía con celosos ojos sus adelantos, e intentó aprovecharse de aquellas mejoras. Para forzar una posición más beneficiosa, solicitó el auxilio del Manú para atacar a sus tribus enemigas. El Manú le señaló que si bien estaba siempre dispuesto a defenderle de toda agresión, su pueblo no iba a participar en un injustificado ataque a otro pueblo pacifico.
Esta respuesta encolerizó al caudillo árabe hasta el punto de llegar a concertar un acuerdo con su enemigo para coligarse en batalla en contra del Manú y del asentamiento ario.
Ambas tribus perdieron la batalla y como además sus caudillos perecieron en ella, el Manú se erigió en soberano de ambos países. Lo nuevos súbditos apreciaron rápidamente que el nuevo régimen les apotaba mucha más paz y prosperidad que la que habían tenido hasta el momento. De este modo aseguró el Manú su dominio sobre Arabia.

Con el paso del tiempo, la prosperidad del nuevo país avanzó considerablemente y se fortaleció el reino del Manú. De cuando en cuando, acaecían conflictos con tribus colindantes, pero finalmente todas acaban anexionándose al reino de la segunda subraza aria.

Antes de la muerte del Manú, ocurrida 40 años más tarde, la mitad septentrional de la Arabia estaba unificada y podía considerarse definitivamente aria.

Por el contrario, en el sur de la península surgió un fanático apóstol -llamado Alastor- que en sus predicaciones recordaba al pueblo que pertenecían a una raza escogida y que les era preciso cumplir el mandamiento que antaño les diera su Manúde prohibirles el matrimonio con extranjeros. El Manú al que reverenciaban era el mismo que había reencarnado en su época y reinaba en ese momento al norte de la península.

Segunza subraza aria, la árabe. 3

Alastor era tan sólo un anacronismo contra el cual no cabía acción posible.

Hay que aclarar que cuando el Manú tuvo necesidad de seleccionar un pueblo, prohibió el matrimonio con gentes extrañas; pero cuando quiso arianizar a los descendientes de sus primitivos elegidos, fue esencial la entremezcla de sangres.

No obstante, Alastor consideraba herético todo cuanto significara progreso y adaptación, y de esta forma extendió el fanatismo entre sus seguidores. Podemos ver que este tipo de distorsiones perviven hoy en día en muchas tradiciones.

 

HermesEn el transcurso de esta larga lucha y durante un intervalo de relativa paz, tuvo el Manú la satisfacción de recibir la visita de su poderoso hermano el Mahaguru o Mahachoán (el futuro Siddharta Gautama, más conocido como Buda Gautama) reencarnado en esta segunda subraza antes de que comenzará el pueblo su dilatado periodo de conquistas. Su objetivo era la de promover y extender la nueva religión que había ya predicado en Egipto, como reforma de la antigua fe allí dominante.
Anteriormente, el Mahachoán había reencarnado en Egipto con la personalidad de Tehuti o Toth, llamado después Hermes por los griegos. Su objetivo fue el de enseñar la sabia doctrina de la “Luz interna” a los sacerdotes de los templos que formaban la poderosa jerarquía sacerdotal de Egipto, presidida por el Faraón. En el recinto interno del templo principal les procuró la doctrina de “la Luz que alumbra a todo hombre que viene al mundo”. Al Faraón le dio este lema: “Busca la Luz” indicándole que un monarca únicamente podría gobernar adecuadamente cuando observara la Luz en el corazón de todos los seres. Al pueblo le dio este otro lema: “Tú eres la Luz. Deja que la Luz brille”.  El Mahachoán (Hermes) inscribió este lema alrededor de la entrada de un grandioso templo, de modo que el lema ascendía por una columna, cruzaba el travesaño y descendía por la otra columna. El mismo lema se inscribió detrás de las puertas de las casas.

Otro de sus lemas favoritos fue: “Seguid la Luz”. Las gentes acostumbraron a decir de sus seres fallecidos: “Ha ido a la Luz”.
Los sacerdotes transmitieron sus enseñanzas y sus secretas instrucciones envueltas en sus misterios. De todos los países acudieron estudiantes para aprender la “sabiduría de los egipcios” porque sus escuelas cobraron fama en el mundo entero.
De este modo advino a la segunda subraza aria, la árabe, el supremo Instructor y les dio la doctrina de la “Luz interna”.

 

Pasados algunos siglos subió al trono de la subraza árabe un ambicioso monarca que se aprovechó de las discordias intestinas del sur y conquistó el resto del sur de la península arábiga.
Aún así, un grupo de fanáticos acaudillados por otro profeta de ruda y fogosa elocuencia, incapaces de aceptar esta unión de los pueblos, abandonaron la península y se establecieron en la costa Somalí, donde progresaron y subsistieron durante algunos siglos bajo el gobierno del profeta y sus sucesores.

Segunza subraza aria, la árabe. 3b

Todo fue relativamente bien hasta que la población descubrió que uno de los sucesores del profeta, que aún promovía fanáticamente la pureza de la raza, se había unido con una joven de color del interior del continente. El profeta se auto-justificó afirmando que la severa prohibición de unirse con extranjeros tenia por objeto exclusivo el de impedir que se mezclasen con los invasores del norte y no podía aplicarse en caso de unirse a mujeres de color, porque debían considerarse como esclavas y no como una unión matrimonial.
Este decreto dividió a la comunidad en dos bandos. La mayoría lo aceptó al principio con vacilación, pero después viendo las ventajas de la nueva coyuntura, lo asumió hasta incluso con entusiasmo, hasta el punto de incrementarse considerablemente la demanda de mujeres esclavas de color.

Por otro lado, otra importante minoría se rebeló contra el decreto y un ambicioso predicador -que desde hacía tiempo aspiraba a la jefatura- se puso a la cabeza de los descontentos y abandonaron la comunidad. Rodearon la costa del golfo de Adén alcanzando el mar Rojo y llegando por último a Egipto. Su singular aventura movió el ánimo del Faraón el cual les ofreció una comarca fronteriza de su reino. El grupo disidente vivió allí y prosperó durante siglos al amparo del gobierno egipcio, aunque sin mezclarse en modo alguno con su pueblo.
Pero más tarde advino un Faraón que pretendió imponerles impuestos y forzarlos al trabajo en obras públicas, por lo cual volvieron de nuevo a emigrar en masa, esta vez con destino a Palestina, donde se establecieron. Este es el pueblo llamado en la historia hebreo o judío, que todavía mantiene tan firmemente su creencia en ser el pueblo escogido.

Los que en mayoría quedaron en Somalia padecieron asimismo sus propias desventuras. A causa del tráfico de esclavas, se habían entablado estrechas relaciones con las tribus del interior del continente africano. Esta proximidad, el conocimiento mutuo y su diferente nivel de prosperidad promovió constantes incursiones y asaltos a la colonia. El conflicto continuo les obligó a emigrar de nuevo en masa y encaminarse, a través del golfo de Adén, hacia la tierra de sus antepasados donde se les recibió amistosamente para quedar posteriormente integrados en la población. Habían tomado el nombre de “verdaderos árabes”, aunque menos que nadie merecían este titulo. Aún hoy es tradición de que los verdaderos árabes desembarcaron en Adén y poco a poco se fueron extendiendo por el norte.

Segunza subraza aria, la árabe. 4

La segunda subraza árabe fue creciendo, multiplicándose y progresando durante algunos miles de años más hasta dilatar sus dominios por casi toda África, excepto Egipto, que posteriormente invadieron y en él fundaron la dinastía hyksa.
En su máximo apogeo, llegaron a gobernar la gran isla de Argelia y a lo largo de la costa oriental llegaron hasta el cabo de Buena Esperanza, donde fundaron el imperio sudafricano.

Segunza subraza aria, la árabe. 5

Josep Gonzalbo

 


Referencias:
  • Arthur Powell (1930). El Sistema Solar. Buenos Aires. Editorial Kier.
  • Annie Besant; C.W. Leadbeater (2005). El Hombre: de dónde y cómo vino y adónde va. Madrid. Editorial Luis Cárcamo.
  • W. Scott-Elliot (1896 & 1904). The Story of Atlantis & The Lost Lemuria. Versión electrónica.

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